Cronica de un jugador de tragamonedas

febrero 24th, 2010 by admin

Cuando metí una ficha por primera vez en la ranura de una máquina tragamonedas, tuve la suerte del principiante y gané cuatrocientos sesenta dólares. Aquél premio me animó a seguir probando suerte. Hoy, algún tiempo después, maldigo aquella noche pues me he convertido en un adicto y mi economía es un desastre.

    Pero ni hacerme vicioso -ni estar en dificultades económicas- , es lo peor que he ganado en los casinos. Al juego le debo también la desintegración de mi familia y, finalmente, mi divorcio.

      Aún así, creo que la he sacado barata. Y es que cuando voy al casino (ayer fue la última vez. Lo juro), me encuentro con gente que da pena.

        Por ejemplo, la Profesora, una anciana que se jubiló el año pasado. No hay ocasión en que yo entre al casino y ella no esté. Incluso ayer, que llegué apenas cinco minutos después de abierto, ya estaba frente a la máquina del gato Félix, la única en la que la he visto jugar.

          Yo fui a una máquina cercana y saludé a la anciana mientras metía mis primeros veinte dólares del día en aquella traga billetes.

            -Durmió aquí? –le dije, en son de broma.

              -Estos mala gente no dejan –respondió seria, molesta.

            - Cuánto ganó anoche?

              -Déjese de burla –me dijo, sin despegar los ojos de la máquina-. Este gato burlón, igual que usted, se me tragó todo. Ni para el taxi me dejó. Hasta tuve que pedir prestado –dijo en voz baja-. Pero ya fui al banco y aquí estoy. Hoy sí recupero todo.

            -Suerte entonces –le digo. Y me dedicó a lo mío, es decir a lo mismo que la viejita.

              Quince minutos después veo a Zambrano, cuya historia ya me la sé completa. Fue él mismo quien me confesó que llegó a perder tres mil dólares al mes. Hasta que descubrieron el faltante en la empresa familiar y lo echaron a la calle. A la cárcel no, por suerte

            En cuánto me ve, se me acerca.

              -Cómo va esa suerte? Paga o no paga?

            -Estoy a un paso de seguir tus pasos –le digo, para defenderme con anticipación del sablazo.

              -Mire lo que dice mi horóscopo –me dice y me muestra un recorte de La Marea, con un signo zodiacal subrayado.

            Como estoy en el casino no sólo para perder plata, sino para encontrar personajes, leo lo que le pronostican los astros a través de aquél diario: Hoy es su día. Todo lo que invierta le será multiplicado. Claro, digo yo: como los panes, los peces, el vino, y los diezmos del Señor.

              -Présteme sólo diez dolaritos, hermano –me ruega-. Y haré fortuna. Se lo juro.

            Un tipo así me da malas energías, de modo que le doy cinco para que se vaya volando.

              -Juega suave –lo aconsejo (yo que nunca aconsejo a nadie). Después de todo, es mi dinero el que va a desaparecer.

            Cuando lo veo persignarse frente a la máquina, darle un beso a la pantalla y al billete antes de hacerlo desaparecer en la ranura, siento asco. Un asco que a veces tengo por mi mismo. Y estoy tentado a retirarme del casino. Me quedo únicamente porque concluyo que yo no soy igual a estos pobres adictos. Yo estoy aquí por otras razones. Busco personajes para mis futuras novelas o películas.

              Después de que pienso esto, me río de mí mismo.

            Me río tanto que me equivoco y pongo el dedo donde no debo. En Máxima Apuesta. Lo que me quedaba de crédito se me esfuma en un santiamén.

              Así que meto otro billete de veinte.

            El último que jugaré pues tengo que llevar a Sebastián al shopping. Palabra de jugador.

              Mientras tomo esta decisión, de reojo miro a la profesora. O mi mirada le da suerte, o a la máquina le toca vomitar algo de lo tanto que ha tragado. Ochenta de cada cien, en los EEUU. Del diez al treinta por ciento aquí, donde no hay ni ley ni autoridad que controle el robo. Lo cierto es que la viejita pega tal grito que la curiosidad me mata y voy a mirar su máquina.

            Cinco gatos en línea, dentro de una tanda de juegos gratis.

              Cinco gatos que le hubiesen pagado algunos miles de dólares de haber hecho la máxima apuesta. Pero apenas está jugando quince por uno. Quince centavos que le pagan por esa línea sesenta dólares. En total, cuando termina la tanda de los juegos gratis, noventa y tres con cincuenta y dos.

            Nada malo para otros. Pésimo para esta anciana que en menos de un ano ha hecho feria los treinta mil dólares de su jubilación en este casino. En esta máquina donde el gato Félix parece burlarse de la suerte. De nuestro mala suerte.

             

            Jugar Tragaperras